Muchas veces nos interesamos en una persona cuando descubrimos la expresión amigable que ilumina su rostro. Aquella sonrisa que nos invita al diálogo, a iniciar una conversación sin reparos, con la confianza de que seremos bienvenidos.
Una sonrisa puede decir mucho sin necesidad de palabras. Puede acercarnos a un desconocido, despertar nuestra curiosidad y abrir las puertas de una conversación que, quizás, nunca habríamos imaginado.
Algo semejante ocurre con los lectores cuando descubren el título de un escrito. El título es esa primera sonrisa con la que nuestra obra se presenta ante los demás. Es una invitación a detenerse, a mirar un poco más allá de las palabras y a descubrir aquello que todavía permanece oculto entre sus páginas.
Un buen título debe despertar nuestro interés, ofrecernos una idea de lo que encontraremos y, aun así, dejarnos con la expectativa, el asombro y las ganas de conocer más. Porque no siempre elegimos nuestras lecturas después de conocerlas. Muchas veces comenzamos a conocerlas precisamente porque algo en su título llamó nuestra atención.
Imaginemos por un momento que caminamos frente a una biblioteca. Ante nosotros descansan cientos de libros, cada uno guardando historias, pensamientos y experiencias. Algunos títulos nos resultan familiares; otros parecen guardar secretos. De pronto, uno de ellos consigue detener nuestros pasos. No sabemos todavía quién lo escribió ni qué encontraremos en sus páginas, pero algo nos invita a abrirlo.
Así comienza, muchas veces, el maravilloso encuentro entre un escritor y su lector. El título que pongamos a nuestros escritos será, entonces, como la sonrisa de aquel rostro. Una puerta de entrada para dar a conocer, de manera general, lo que encontrarán quienes decidan continuar la lectura. Una bienvenida con los brazos abiertos. Sin embargo, no siempre es sencillo encontrar esa primera sonrisa.
En una ocasión me dijeron: “Escribe primero y luego búscale un título ideal”. Al principio puede parecer extraño comenzar un escrito sin saber cómo llamarlo. Estamos acostumbrados a poner nombre a nuestras ideas, incluso antes de desarrollarlas. Pero escribir tiene algo de aventura: sabemos dónde comenzamos, aunque no siempre conocemos los caminos que recorreremos.
Me ha sucedido que, después de terminar un escrito, he descubierto que el título elegido inicialmente ya no correspondía con lo que había escrito. Mis pensamientos habían tomado otro rumbo; una idea me había conducido hacia otra y, sin darme cuenta, había llegado a una conclusión diferente de la que imaginé al comenzar. Entonces comprendí que debía cambiarlo.
Y no hay nada malo en ello, porque son las palabras las que también nos sorprenden. A veces creemos que somos nosotros quienes las llevamos por un sendero previamente trazado, cuando en realidad son ellas las que nos muestran nuevos caminos. Una reflexión puede despertar un recuerdo; aquel recuerdo, una emoción; y esa emoción, una pregunta que nunca nos habíamos formulado.
De allí que resulte una buena práctica permitir que el escrito cobre vida antes de decidir definitivamente cómo presentarlo. No quiero decir con esto que siempre debamos esperar hasta el final. Hay títulos que nacen junto con la primera idea y permanecen intactos hasta la última palabra. Otros llegan inesperadamente, mientras escribimos. Cada autor encontrará su manera de estampar ese sello final.
Lo importante es recordar que el título debe acompañar al escrito y no obligar al escrito a seguir un camino que ya no le pertenece.Tampoco necesita ser complicado para resultar hermoso. En ocasiones, unas pocas palabras sencillas pueden expresar mejor la esencia de nuestra obra que una frase elaborada. Un título demasiado extenso puede cansar antes de comenzar; uno demasiado ambiguo puede confundir. Y uno que promete más de lo que el texto ofrece corre el riesgo de decepcionar a quien confió en aquella primera invitación.
Busquemos, entonces, palabras que representen sinceramente aquello que deseamos compartir. Porque detrás de cada escrito existe alguien que piensa, siente, recuerda, imagina y desea comunicar algo a los demás. Y al otro lado de sus páginas habrá también alguien dispuesto a escuchar esa voz. Esa es una de las experiencias más hermosas de la escritura: descubrir que nuestros pensamientos pueden encontrar compañía en personas a quienes quizás nunca lleguemos a conocer.
Por eso, escriba. Escriba sin temer que sus primeras palabras no sean perfectas. Permita que sus ideas crezcan, que sus pensamientos se encuentren y que sus escritos cobren vida. Déjese llevar por aquellos senderos que no había sospechado inicialmente y disfrute del asombro de descubrir, mientras escribe, aquello que también usted tenía por decir.
Cuando termine, vuelva la mirada sobre el camino recorrido. Contemple su obra y piense en quien algún día llegará hasta ella. Entonces dibuje una puerta de entrada a ese sendero y rotúlela con una cálida bienvenida. Que el título sea la sonrisa de su escrito: sencilla, sincera y abierta a quien desee conocerlo. Y que otros, como usted, disfruten de ese viaje maravilloso y puedan decir al finalizar: “Acabo de tener una muy buena lectura”.
Por Cecilia de Araníbar
Versión revisada y ampliada para CyberLector
