Con frecuencia escuchamos a personas afirmar que no les interesa la política. Algunas lo dicen con indiferencia; otras, con evidente disgusto. Hay quienes han perdido la confianza en sus representantes y quienes consideran que ningún esfuerzo individual podrá cambiar una realidad que parece repetirse, gobierno tras gobierno, generación tras generación. Pero ¿qué significa realmente ser apolítico?
Por apoliticismo solemos entender una actitud de alejamiento o indiferencia frente a los asuntos políticos. Sin embargo, detrás de esa aparente falta de interés pueden existir razones muy diferentes: desilusión, cansancio, desconfianza, temor o la convicción de que nuestra opinión no será escuchada. No siempre se trata de una persona que rechaza la política como actividad humana. Muchas veces estamos frente a alguien que ha dejado de creer en la manera como se ejerce.
Cuando observamos casos de corrupción, promesas incumplidas, abusos de autoridad o decisiones tomadas de espaldas a los ciudadanos, resulta comprensible que aparezca el desencanto. Quienes deberían administrar los recursos públicos con responsabilidad pueden terminar utilizándolos para favorecer intereses particulares. Y cuando esas prácticas se repiten, algunos ciudadanos concluyen que participar no tiene sentido.
Entonces nace una pregunta silenciosa: ¿para qué involucrarme, si todo continuará igual? Ese pensamiento puede parecer una forma de protegernos de nuevas decepciones, pero también puede conducirnos hacia una peligrosa resignación. Porque los asuntos públicos no dejan de afectarnos simplemente por haber decidido ignorarlos.
La política está presente en muchas decisiones que condicionan nuestra vida cotidiana: la educación de nuestros hijos, la atención sanitaria, el transporte, la seguridad, el empleo, los impuestos y la administración de los recursos que pertenecen a toda la comunidad. No necesitamos pertenecer a un partido para reconocer que estas cuestiones nos conciernen.
Podemos apartarnos de una discusión política, dejar de seguir las noticias o incluso decidir no participar en una elección. Pero las decisiones públicas continuarán produciendo consecuencias, tanto para quienes participaron como para quienes prefirieron mantenerse al margen.
Ahora bien, tampoco sería justo afirmar que toda persona que no participa es indiferente o irresponsable. Existen ciudadanos que encuentran obstáculos económicos, sociales o institucionales para ejercer sus derechos. Otros han conocido experiencias de intimidación o represión que hacen de la participación política partidaria, una actividad peligrosa. Incluso el desconocimiento de los mecanismos disponibles puede convertirse en una barrera. Por eso es necesario comprender las circunstancias antes de juzgar las decisiones ajenas.
Cuando contamos con libertad para expresarnos y con oportunidades reales de participar, conviene preguntarnos qué hacemos con ellas, porque una democracia no puede sostenerse solamente sobre la actuación de sus gobernantes. Necesita ciudadanos capaces de observar, preguntar, exigir explicaciones y reconocer que los recursos públicos deben administrarse en beneficio de la comunidad. Eso es participar y todos estamos llamados a ejercer nuestra ciudadanía con responsabilidad.
Esta responsabilidad no exige compartir una ideología determinada ni apoyar siempre a quienes ocupan el poder. Por el contrario, una ciudadanía madura debe conservar su capacidad crítica frente a cualquier autoridad. Podemos estar de acuerdo con una propuesta y rechazar otra; reconocer un acierto sin justificar una injusticia; defender nuestras convicciones sin convertir a quienes piensan diferente en enemigos.
La política no debería reducirse a una competencia de adhesiones personales. Debe permitirnos discutir ideas, examinar decisiones y buscar soluciones para problemas que afectan a muchas personas. También debemos tener cuidado con la comodidad de la crítica que nunca se transforma en acción. Es sencillo condenar la corrupción desde una conversación privada, pero mucho más exigente informarnos, verificar una denuncia, participar en una organización comunitaria o pedir rendición de cuentas a quienes ejercen funciones públicas.
No todas las personas podrán dedicar el mismo tiempo a estas actividades, pero existen distintas maneras de contribuir. Podemos comenzar por conocer nuestros derechos, informarnos mediante fuentes confiables, participar en iniciativas vecinales o enseñar a las nuevas generaciones que los asuntos públicos merecen atención. Porque la formación ciudadana también comienza en nuestros hogares y escuelas.
Cuando enseñamos a los niños a respetar las normas comunes, comprender las consecuencias de sus actos y preocuparse por quienes los rodean, estamos sembrando hábitos que después pueden manifestarse en la vida social. No se trata de imponerles nuestras preferencias políticas, sino de ayudarlos a desarrollar criterio propio y responsabilidad ciudadana hacia los demás.
A veces nos preguntamos qué país heredarán nuestros hijos, pero olvidamos preguntarnos qué clase de ciudadanos estamos ayudando a formar para que contribuyan a ese país que tendrán. Nuestra indiferencia puede tener consecuencias, del mismo modo que nuestros esfuerzos pueden producir cambios, aunque estos sean pequeños y sus resultados no aparezcan inmediatamente.
No debemos imaginar que una sola voz transformará por sí misma todos los problemas de una sociedad. Sería una promesa poco realista. Pero tampoco deberíamos concluir que carece de valor porque no puede hacerlo todo, pero debemos saber que las grandes transformaciones sociales rara vez dependen de una única persona. Suelen surgir de mucho esfuerzo común, de debates prolongados, de iniciativas comunitarias y de ciudadanos que deciden actuar dentro de sus posibilidades.
Y actuar no significa necesariamente gritar más fuerte, recurrir a la violencia o convertir cada conversación en una disputa. En ocasiones, el primer paso consiste simplemente en escuchar con atención, reconocer un error, formular una pregunta o negarse a aceptar como verdadero aquello que no ha sido demostrado.
La participación ciudadana responsable necesita convicciones, pero también prudencia. Necesita entusiasmo, pero no fanatismo. Necesita espíritu crítico, pero debe evitar que la desconfianza se transforme en desprecio hacia toda persona que piense de manera diferente. Quizás por ello convenga distinguir entre estar cansados de nuestros políticos y renunciar a nuestra condición de ciudadanos.
Podemos perder la confianza en un gobernante, un partido o una institución. Lo que no deberíamos perder es la conciencia de que la vida pública también nos pertenece y de que su calidad depende, en parte, de la participación de quienes la integran. Así que si usted se considera apolítico, esta reflexión le alcanza ahora.
No pretendo decirle qué debe pensar ni a quién debe apoyar. Le invito solamente a preguntarse si su alejamiento de la política responde a una decisión reflexionada o al convencimiento de que su voz carece de valor. Porque quizá aquello que más nos desalienta no sea la política misma, sino la distancia que hemos permitido crecer entre nuestras esperanzas y nuestra disposición a participar.
No necesitamos cambiar el mundo entero para comenzar a actuar con responsabilidad en la pequeña parte que nos corresponde en este mundo que Dios mismo ha diseñado para que vivamos organizadamente. Y aunque ninguna voz pueda garantizar por sí sola una transformación, toda persona merece la oportunidad de ser escuchada.
No se quede al margen de aquello que también forma parte de su vida. Nuestra voz tiene valor. Y aprender a utilizarla responsablemente es una forma de comenzar ese cambio que tanto anhelamos.
Por Cecilia de Araníbar
Versión revisada y ampliada para CyberLector
